Enrico Armas | Artista plástico venezolano

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Inauguración de "Caleidoscopio Florido"

Texto de Lic. Félix Hernández. Critico, Curador, Historiador, Lic. Artes.

“Quería incendiar la Ecole des Beaux-Arts con mis cobaltos y mis 

bermellones…quería expresar mis sentimientos sin que me inquietara 

cómo había sido la pintura antes de mí…La vida y yo, yo y la vida: eso es 

lo único que importa”

Vlaminck

“…El esfuerzo necesario para poder desprenderse o liberarse exige cierto 

tipo de coraje; y ese coraje le es indispensable al artista que debe ver todas 

las cosas como si las viera por vez primera. Hay que saber ver la vida 

como cuando se era niño. Y la pérdida de esta posibilidad impide la 

expresión de manera original, es decir, personal. Para dar un ejemplo, 

pienso que nada le es más difícil a un verdadero pintor que pintar una rosa, 

porque para pintarla hay que olvidar primero todas las rosas pintadas…”

Matisse

Los intentos por definir la obra de Enrico Amas como una producción plástica 

ecléctica, proclive a la ruptura con la noción de estilo, y esto último por el hecho de no estar 

limitada por las técnicas, los lenguajes o géneros que él manipula de manera libre, es sólo 

con mucho válida a partir del instante en que su conciencia asume ser partícipe de un 

momento histórico crítico ante los métodos de una enseñanza académica en decadencia, 

propia del contexto cultural de las artes plásticas venezolanas de mediados de los años 

setenta y principios de los ochenta. 

En ese sentido, Enrico forma parte de la generación que cuestiona la validez del 

arte, en una situación de crisis en la que pronto asumirá las artes gráficas, la escultura, 

estampa y por último la pintura, en el contexto internacional del surgimiento de la llamada 

“pintura-pintura” o de “vuelta de la pintura”, tras el agotamiento de los conceptualismos, 

neorrealismos, objetualismos y todo el universo reconocido como arte experimental propio 

de los años sesenta y setenta, movimientos que fueron sustituidos a través de la impronta de 

críticos y curadores, los cuales fueron identificando un universo plástico que terminó por 

ser designado como transvanguardia. 

No obstante, Armas ha manifestado su desinterés por los presupuestos de estos 

conceptos estilísticos, valga decir pintura-pintura y transvanguardia, aduciendo que su 

acercamiento a la pintura misma fue ocurriendo más como necesidad expresiva, debido a 

los costos y complicaciones del trabajo propio de la gráfica, la estampa y la escultura, que 

por los condicionantes de aquellos presupuestos.

Si bien, las nombradas técnicas de expresión, como telón de fondo de su producción 

primera en la técnica pictórica, representan procedimientos que se asocian en un momento a 

determinados temas y motivos, que luego se completan en este último género; al final la 

atención del artífice apostaría por la plasticidad y expresividad del color, en el que estos 

contenidos van desdibujándose tras el gesto íntimo del acto mismo de pintar. 

Este panorama histórico explicaría la adopción actual de una manera o estilo que ya 

de pleno viene reflejando sus trabajos desde principios de los noventa y que se extiende con 

vitalidad hasta el momento. Con ello, motivos como la figura emblemática del caballo, los 

signos lingüísticos, las botellas y los árboles configuran la adopción de un universo icónico 

personal que pronto rebasa el ámbito de la representación misma, para ir al encuentro de la 

pura manifestación pictórica en sí y para sí.

Ante lo expresado, las flores que en efecto hoy aparecen como pretexto de la pintura 

actual de Armas se presentan como un difuso dato objetivo de una materialidad que da paso 

al interés del creador por expresarla desde el puro gesto, la mancha y el color; apartándose 

de la idea del contenido formal descriptivo, al inscribirla como un último dato que se resiste 

a desligarse totalmente de cualquier referente figurativo, para abrir paso o derivar en los 

límites de la abstracción poética, lo informal o la voluntad expresionista. 

Entonces, el espacio imaginario que representa Armas incluye como motivo el tema 

universal de las flores y su constante asociación con múltiples actos rituales e íntimos de la 

cotidianidad, como la pintura misma, que a través de la impronta del artista perpetúa estas 

florescencias sustrayéndolas de su condición efímera. En este sentido, el creador no repara 

o elude el concepto de “vanitas”; más le interesa entonces la sensualidad, emotividad y las 

sensibilidades que despierta o a que están asociada la flor: “…flores que nos entregan sus 

colores, nos dan alegría, nos consuelan, nos acompañan, flores para el amor, el recuerdo, la 

De este modo, se asocian a estas flores de siempre, algunos signos trazados por un 

pincel que dibuja formas reconocibles de nuestro cosmos. El dibujo hecho signo subsiste 

así como vestigio en la superficie del cuadro retrotrayéndonos, a su vez, a otras etapas 

creadoras del artista y a la iconografía que ha venido sembrando en el tiempo: 

representaciones de hojas, círculos, equis, el caballo, entre otros elementos que componen 

un universo sígnico que contextualiza el motivo central: “… flores para el nacimiento, el 

matrimonio, velorios, enamoramientos, flores para perfumar espacios, hogares, flores para 

perfumar la vida…”

No obstante, la manera en que está abordado el tema y el uso de determinados 

elementos de expresión visual, hacen de las piezas del artífice, trabajos más centrados en 

las posibilidades expresivas del color que en la necesidad de representación formal del 

motivo, liberando así a la pintura de cualquier función naturalista, descriptiva, positivista u 

objetiva. Es así que, las flores de Armas aparecen disueltas en la materialidad del color para 

abrir paso a una impronta en los límites de la abstracción. 

En razón de lo comentado, la carga matérica, gestualidad y la fuerza expresiva 

misma del trazo constituyen en sí valores simbólicos que aluden a la espontaneidad, a la 

libertad creativa, a la subjetividad, a la voluntad del artista enraizadas en su psiquismo; todo 

ello como aspectos que se han ido forjando en su universo plástico y que han hecho que la 

pintura se vaya definiendo así misma como el verdadero motivo de sus actos: espacio 

vibrante, furia colorística, hedonismo del color, espacialidad, alegres timbres, climas 

cromáticos, el dato icónico-sígnico-orgánico como hecho sensible; en fin, gestos, manchas, 

color y líneas que crean una atmósfera envolvente, sensual y explosiva, como el vértigo que 

produce observar por un caleidoscopio hasta ser arrebatado en un mar agitado de color y 

Este contexto, que como se habría dicho de su trabajo entronca en las fronteras de lo 

informal, lo expresionista o lo abstracto poético, alude también, por qué no, a las lecciones 

de los primeros fauvistas, cuya eficacia expresiva se asienta en la sensibilidad hacia el color 

y la materia, desde la yuxtaposición y superposición de manchas generosas definidas por 

colores vivos y calientes sobre todo, que se entremezclan con otros, más bien fríos, hasta 

producir diversos tipos de transparencias y veladuras. Cromatismo generoso, a veces 

agresivo, explosivo y sensual, espontáneo o contenido con el que crea su universo vegetal, 

pensado desde la idea de naturaleza muerta; motivo este que puebla la memoria y el 

psiquismo del autor en su condición de huella en el alma: “…flores perpetuas, para la 

eternidad, que dan placer”

Félix Hernández

 

 

 

 

 

 

Compartir en Facebook Compartir en Twitter | Publicado: 2015-10-26

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